Ahora que estamos en plena efervescencia identitaria, de exaltación de unas comunidades y desprecio de otras, me parece altamente inoportuno traer a colación un artículo que no vacilo en calificar de histórico; han pasado casi 40 años desde su publicación y, ciertamente, algunas cosas han cambiado algo, pero en esencia creo que conserva su vigencia. Tal vez pueda contribuir a equilibrar un poquito el balance de agravios históricos y hasta puede que nos ayude a entender que, si alguna nación se quiere marchar de esta nación de naciones, lo mejor que podemos hacer es despedirnos amigablemente y desearle mucha suerte.
Este artículo apareció en EL PAIS, el Martes, 28 de febrero de 1978
Sobre ascéticas sillas de tijera, cual correspondía a los protagonistas de aquella furia previsible, se fueron sentando unos cuantos castellanos para escuchar el sermón de un jesuita vestido de paisano, burgalés de nación y catedrático de Historia del Derecho en la Universidad vallisoletana. No sólo había allí castellanos viejos descendientes de la pata de El Cid y amamantados a los pechos de don Francisco de Quevedo, fantasmas de reyes destronados y almas a las que el bautismo de la castellanía condenó para siempre; había también castellanos jóvenes y asombrados, damas de hogaño con peinado de zanahoria rallada o de escarola invernal. En total, unos 56. Gonzalo Martínez Diez se disponía a dar en la Casa Regional de Palencia una conferencia titulada «Castilla-León, víctima del centralismo», apertura de un breve ciclo en torno al «Nacionalismo castellano-leonés». Yo acudí una hora antes sospechando que ya incluso me tocaría quedarme en la puerta, pues un tema de esa envergadura ofrecido a la población madrileña, que cuenta con dos o tres millones de castellanos, volcaría sobre el modesto salón de los palentinos exiliados a una vigorosa fauna de fotógrafos, periodistas, docentes, discentes, parlamentarios y líderes políticos.
Me equivoqué una vez más: quedaban sillas vacías. Ni uno solo de los periodistas castellanos que todos los días escriben Calalunya e hinchan los comunicados de los partidos abertzales, estaba allí, aunque habían sido avisados. En cuanto a los políticos, unos días antes se habla demostrado en Burgos que Castilla no tiene padres en el Parlamento, sino padrastros, y en los concurrentes todos vibraba la convicción de que los políticos castellanos estaban traicionando a sus electores, los de una mano y los de la otra, como habían traicionado a Castilla reyes y condes, recaudadores de impuestos y poetas, desde aquel día de 1469, cuando las aciagas bodas de doña Isabel. (¡Ay si los castellanos hubiesen escuchado a Enrique IV!) Sigue leyendo

