Menos mal, 2017 se despide con una buena nueva: en diciembre se ha hecho pública la sentencia de la Justicia argentina sobre los criminales y torturadores que alimentaron sus dictaduras, con algunas condenas a perpetuidad (aquí eso sería imposible, porque aquí dicen que se trata ante todo de rehabilitar a cualquier clase de criminal) Y se hace inevitable la comparación con el caso español, en el que se optó por el ‘olvido’, es decir, porque unos olvidaran todas sus atrocidades y las víctimas trataran de digerirlas como pudieran. Una de las herencias de la Dictadura.
La figura del dictador va normalmente unida a la del golpista, generalmente un militar que se subleva contra el poder legal constituido, y que actúa cargado de razones para acabar con una situación que considera catastrófica y que él se propone remediar. Por referirnos solamente a los tiempos de las elecciones y la Democracia moderna, es lo cierto que tan generosos propósitos suelen acabar como el rosario de la aurora, desembocando en situaciones iguales o peores que las que se pretendían supuestamente remediar. Tenemos toda la gama de situaciones golpistas, desde las típicas repúblicas bananeras hasta acciones más ‘serias’, como los golpes español, chileno o argentino. En esencia todos los golpes son iguales, pero estos últimos se revistieron de ciertas ínfulas de patriotismo y heroísmo que, si no fuera por su dramática crueldad, moverían a la rechifla y la carcajada. Sigue leyendo


