Llega el 12 de Octubre y con esta fecha se desatan todas las acusaciones contra España y su horrible presencia en América. Nada que decir contra esos exabruptos que salen más de las tripas que del cerebro, porque nada hay que oponer a lo que a veces no es sino odio bien interiorizado o simple ignorancia. Lo que más se oye es la acusación de genocidio y la entusiasta defensa del indio. Lo cierto es que, en rigor, en la América española nunca hubo campañas de exterminio ni una política premeditada de genocidio, como sucedió en otros lugares de América que, curiosamente, siempre quedan a salvo de estas críticas y acusaciones.
A lo largo de su dilatada historia España ha tenido muchas guerras y abundantes batallas, unas veces las ganó y otras veces las perdió. Pero lo que perdió siempre, absolutamente siempre, fueron las guerras de Propaganda y las perdió por goleada. Ni siquiera en los momentos de mayor intensidad de la Propaganda antiespañola opusimos la menor Contrapropaganda ni la más mínima réplica a cualquier barbaridad que se nos quisiera atribuir. Se diría que la táctica en estos trances era la de poner la otra mejilla. Nunca jamás hemos practicado la Propaganda y menos aún el autobombo.
No voy a descubrir ahora la tremenda importancia de la Propaganda ni los importantes réditos que ha supuesto para las otras potencias coloniales, al contrario que España. Por ejemplo, España que lo tuvo casi todo no conserva ni una islita de esas en las que sólo cabe una palmera y un náufrago, mientras que algún país bastante exótico para la historia de América conserva territorios de plena soberanía. Y un país que exterminó por completo a la población aborigen, nos ha vendido este hecho (con la poderosísima herramienta de Propaganda que es el cine) en clave de epopeya.
Gracias a esa Propaganda, buena parte de Europa asienta confortablemente sus Leyendas Doradas sobre la Leyenda Negra española y así, convenientemente aplastados continuamos con mansedumbre ovina, con la valiosa complicidad de tantos catedráticos y profesores ‘nuestros’ que nunca se han sentido interesados en esta historia, con alguna meritoria excepción, como la que señalamos más adelante.
Por otra parte, es normal que se olvide que en la misma época (y en buena medida hasta superada la Revolución Industrial), en Europa, en la ‘metrópoli’, el siervo era normalmente un ser a mitad de camino entre la persona y el animal, y el ‘señor’ tenía poder absoluto sobre el ‘vasallo’, el `plebeyo’; así, en buena medida se podría decir que el indio estaba en América mejor que el siervo en España. En cuanto a la defensa del indio (¡Qué bueno que al menos suceda una vez al año!), es bastante lo que se podría decir, pero me limitaré a expresar algo que me parece un hecho objetivo y evidente: la condición del indio es algo que en general o no ha mejorado o incluso ha empeorado sensiblemente a partir de la Independencia.
España accedió a América con las ideas del Renacimiento, todavía algo entreveradas de ideas medievales, pero desde el primer momento consideró al indio como un ser humano, adelantándose en más de dos siglos a la Declaración Universal de Derechos del Hombre. Las otras potencias coloniales como que no se enteraron de que esta Declaración podría aplicarse a sus colonias y hasta entrado el siglo XX continuaron con sus matanzas y atrocidades. Pero todo ello ha sido borrado de la Historia; es como si todo, absolutamente todo, de cualquier tiempo y lugar, hubiera sido eliminado y endosado a la Leyenda Negra. Sin embargo, aunque daría mucho juego, no vamos a entonar ahora el mantra del ‘y-tú-más’. A cambio nos permitiremos recomendar el libro de María Elvira Roca Barea “Imperiofobia y Leyenda Negra”, de Editorial Siruela. Se trata de una obra seria y excepcionalmente documentada que puede ayudarnos a centrar un poco más la verdad histórica. Por supuesto, los que estén felices con su ignorancia de la Historia o, en el mejor de los casos, con sus verdades a medias, deben huir de esta obra como alma que lleva el diablo y seguir cultivando su inquina y su fanatismo históricos, seguramente más gratificantes para algunos gustos que la ecuanimidad y el conocimiento.
Menos mal que la moderna historiografía empieza a revisar este cúmulo de mentiras y tergiversaciones que constituyen la Leyenda Negra española, que ha calado tan profundamente entre todos y principalmente entre los españoles. Como ha dicho un historiador británico: “En la Leyenda Negra ya sólo siguen creyendo los españoles”.