España y la Humanidad no saben la suerte que tienen por disponer de una fuerza política tan sabia y experimentada en asuntos de virus y pandemias como la derecha española. Su constante crítica, rectificación y descalificación a las medidas del gobierno así lo certifican. En la catástrofe del coronavirus no se puede concebir a unos expertos de la sagacidad y profundidad de conocimientos de Pp y de Vox. Enmendando la plana constantemente al gobierno de centro izquierda, dejan constancia de su apabullante sabiduría y su acrisolada honradez. El gobierno español ha encontrado la horma de su zapato con esta pujante fuerza política dedicada en cuerpo y alma a marcar de cerca la actuación del gobierno central en esta gran crisis planetaria.
La primera etapa del confinamiento se ha ido siguiendo a regañadientes, que se van acrecentando con las siguientes etapas hasta quizás desembocar en un boicot total que consiga rescatar las cifras de muertes y contagios y que haga brillar con luz propia el buen hacer de esta oposición benefactora de la patria. «Cuanto peor, mejor», es la consigna salvadora en la que estamos.
Tanto en el confinamiento como en la desescalada, quizá hay algo que se pueda alegar en descargo del gobierno, y es la gran dificultad objetiva que existe en señalar 20 caminos completamente diferentes (17 autonomías, más 2 ciudades autónomas y el propio gobierno central) para afrontar la lucha contra la pandemia, como requiere nuestro Estado Autonómico (y Turístico), con la complicación añadida de las autonomías mártires e irredentas, de requerimientos más especiales.
Hay fallos, sin embargo, mucho más difíciles de justificar derivados del hecho de que el virus pueda mutar. En efecto, este gobierno se ha mostrado incapaz de prever con exactitud esas mutaciones, no ha establecido su alcance, su naturaleza ni el correspondiente calendario, con el día y la hora de cada mutación, y los tratamientos de aplicación ante esos cambios. Es otra prueba de la incapacidad del gobierno, que contrasta poderosamente con la profunda y brillante preparación de la oposición (hasta con un jefe titulado por Harvard)
El gobierno central ya no tiene competencias en Sanidad, todas fueron transferidas a las autonomías; sólo un gran hospital puede tener el doble o el cuádruple de personal que todo el ministerio de Sanidad junto, pero, eso sí, todos los fallos sanitarios serán culpa del presunto gobierno central. El pobre ministro de Sanidad ha pasado de ostentar un ministerio-florero a encontrarse en mitad de todo el cirio. Pero ¿Qué se puede esperar de un gobierno comunista bolivariano que se entretiene en proponer el salario mínimo vital, en ayudar a pequeñas empresas, a autónomos y a todo el ‘perraje’ de nuestra economía, en vez de socorrer a la gente seria y solvente, por ejemplo, la que se maneja con soltura en los paraísos fiscales, como sucedió en la anterior crisis?
Por cierto, en esta crisis general algunos países europeos han señalado que no darán ayudas a empresas que estén en paraísos fiscales. Seguramente, el gobierno español opte por simplificar el asunto y adoptar una posición más pragmática: enviar la pasta directamente a esos paraísos fiscales.
La crisis también ha dejado al aire algunos grandes problemas, como por ejemplo el de las residencias de mayores, aunque ya era un secreto a voces las condiciones inhumanas de algunos de estos centros. Con el repaso que ha dado Pablo Iglesias a Pp y Vox, a cuenta de este asunto, han quedado más claras todavía las razones del odio mortal por parte de la derecha providencial a este diputado asilvestrado y miembro del gobierno.
Pero el confinamiento y la desescalada no son nada comparados con las discrepancias, condenas y odios que se van a desatar con la etapa reina, la de la reconstrucción. La derecha huele ya el olorcillo de la pasta, y no está dispuesta a dejar pasar la oportunidad de ‘gestionarla’. Se habla de ayudas de la Unión Europea. Y la oposición no lo puede evitar, es la llamada al adicto del objeto de su adicción: el dinero público. Y es muy peligroso oponerse a un adicto en pleno mono. Lo primero, es lo primero, y si es preciso la oposición hará caer al gobierno.