Hay unos depositarios y mayores usuarios del idioma: los medios y los políticos. Los primeros suelen ser los que más lo maltratan, tal vez porque son los que más lo utilizan, no siempre con intenciones decentes o claras, o porque lo hacen con mayor proyección. De los medios destacan sus errores de bulto al definir o mencionar algunas cuestiones, por ejemplo, al llamar “conservadores” a los que generalmente solo son fascistas. Los conservadores son personas partidarias de algunas cosas del pasado, pero inquebrantables defensoras de la Democracia y los Derechos Humanos. Suelen confundirse, pero los fascistas son otra cosa absolutamente diferente. En cuanto a los políticos, sobre todo son proverbiales sus muletillas (dejarse la piel, no tomar o dar lecciones, remar en la misma dirección, etc.), la última y la más exitosa es la de haber suprimido por completo el adjetivo “difícil” para sustituirlo siempre por “complicado”, para todo y por todo. Ya no existe nada difícil, todo es, solamente, complicado. Aunque también es cierto que cada vez interesa menos lo que puedan decir los mentados políticos.
La lengua, no la de pasarla por los zapatos y otras partes de la persona de los capos y propietarios del país, sino la de hablar, la del lenguaje corriente, se estira y se encoge cual chicle prodigioso que a todo llega. En esto los medios están alcanzando las cotas del virtuosismo. En general, lo más espectacular es el corrimiento que se ha producido en la denominación de los partidos, siempre complaciente con el eufemismo. Así, se le llama derecha o extrema derecha a lo que es puro y simple fascismo. ¡Qué lejos queda la aspiración a una derecha civilizada! La izquierda está con tendencia a la extinción o desaparecida, y no está ni se la espera, anda muy ocupada en sus afanes de subdivisión y polémicas internas sobre cuestiones universales y epistemológicas; la marca ha sido ocupada por el PSOE, a quien más bien, en rigor, le correspondería el lugar del centro derecha; lo que hizo de izquierda fue bajo el influjo de Podemos. Es lo que hay, y solo queda adaptarse a los nuevos ritos y nomenclaturas.
Luego vienen las célebres “Líneas Rojas”, los límites que no se deben ni se pueden traspasar en ningún campo, ni aspecto, ni norma de la existencia, bajo ningún motivo ni razón. ¡Alto! Zona prohibida, reservada, especial; queda aquí buena parte del intocable legado político y social franquista y de la Iglesia y, sobretodo. los intereses de la ‘gente de bien’. En este mundo de presuntas libertades nos hemos construido un confortable corralito en el que podemos estezar, dar algunas galopaditas, ver la tele, ji ji, ja ja, tenemos una iglesia que puede practicar la pederastia y robarnos apropiándose de cosas que no son suyas (¡todavía no hay separación Iglesia-Estado!), tenemos a toda hora la facultad de pagar por todo y decir amén, resignarnos para siempre con la total privatización de la electricidad…. Bien pensado podemos hacer bastantes cosas en ese corralito, la insatisfacción será porque somos unos malditos insaciables.
De todas formas parece que alguna de estas líneas rojas se están aflojando últimamente, por ejemplo respecto al emérito, sobre sus hazañas de alcoba e incluso sobre su posible participación real (nunca mejor dicho) en el 23F; pero, en definitiva, nada que vaya a tener alguna trascendencia. Lo que sí podría resultar más interesante es el constante goteo sobre la portentosa ejecutoria de la presidenta de Madrid: que si los ancianos de las residencias en la pandemia, que si sus novios y familiares, que si su guerra sin cuartel contra la Sanidad y la Educación públicas, etc. Pero ante este tipo de asuntos cabría hacer una pregunta previa: ¿Todavía no se han enterado los esforzados comentaristas y recalcitrantes denunciantes informales de que la señora Ayuso goza de una fuerte inmunidad semejante a la del emérito? De los proyectos arboricidas del alcalde Almeyda, mejor guardar un resignado silencio. En cualquier caso a los madrileños solo se les puede compadecer y decir: ¡A disfrutar lo votado!
A mayor escala, una vez acabada (o congelada) la astracanada del CGPJ, la verbena judicial continúa con redoblados ímpetus: el Tribunal Supremo investiga al Fiscal General, pero todavía no se sabe quién investigará al Supremo. Se diría que el PP ha soltado a sus jueces. Pienso mucho en Méjico y en su magnífica y envidiable reforma judicial.
El Congreso disfrutó de unos nuevos juegos florales, con el libreto del “y-tú-más” a cuenta del resKoldo. Y ahora se lió más el asunto con un recluso empresario que acusa al malvado Sánchez de turbios manejos y hasta se esgrime que aparecen los dos en una foto; por supuesto, nada que ver con la foto de Feijóo con el narco, en cuyo yate sólo conversaron sobre sus agendas: misas, novenas y obras de caridad. Pero, cosa rara, ya hasta se empieza a hablar del jubileo de las contrataciones de la Xunta y de alguna travesura inmobiliaria de la señora de Feijóo; sin duda, todo ello pasará al Negociado de Pelillos a la Mar. En definitiva, es evidente que nos encontramos con una buena cantera de políticos para el próximo gobierno del Estado, por supuesto del PP-Vox.
No es muy probable que el Psoe se mantenga en el poder; se confirma que España es un país de derechas y meapillas. Aunque los presuntos partidos de izquierda mantengan su encanto para algunos, suelen obsequiar al personal con reformitas lampedusianas que ya no interesan a nadie, y sus votantes prefieren cada vez más quedarse en casa o votar a cualquier otro partido. Esto, unido al auge del fascismo, dibuja un futuro muy oscuro para el baqueteado pueblo español.
En suma, una animada reentré de curso y comienzo de año, que nos sigue rebozando en la misma salsa habitual.