El 1 de octubre tuvo lugar el traspaso de poderes de López Obrador a Claudia Simbaum como nueva presidenta de Méjico, y un momento tan trascendental arranca con una España, mejor dicho, la España oficial, dando la espalda a Méjico, El rey de España no ha sido invitado a la toma de posesión y el gobierno del PSOE se solidariza con el monarca. El honor de la Corona queda a salvo.
El asunto tiene su origen en la carta que el presidente de Méjico escribió al rey de España pidiéndole que se pidiera perdón a Méjico por los abusos acaecidos durante la conquista y la ‘Colonia’. La petición podía tener algún aspecto polémico, pero en cualquier caso lo lógico era hablarlos, discutirlos, en suma, dialogar. Pero nada de eso sucedió, la respuesta del rey se limitó a la no respuesta, no hubo contestación. Y los plebeyos pensamos que eso fue, por lo menos, una gran descortesía. No nos podemos imaginar que una carta de cualquier Jefe de Estado del mundo pueda quedar sin respuesta, y menos si es de un jefe de un estado hispanoamericano, y menos aún si es del Jefe del Estado Mexicano, de la nación que durante siglos se llamó Nueva España.
En fin, un agravio innecesario a los mexicanos y una buena oportunidad perdida para platicar sobre las posibles “cuentas pendientes” entre españoles y mexicanos. Máxime cuando un grupo de historiadoras e historiadores mexicanos están sometiendo a revisión algunas ideas establecidas sobre la Historia mexicana y su encuentro con la española.
El asunto es más importante ahora porque México está enfrentando un momento trascendental en su historia, la llamada por López Obrador la Cuarta Transformación de México; una auténtica revolución pacífica que está renovando la nación desde sus raíces, sobre todo después de haber arrasado en las elecciones generales del 2 de junio último. El pueblo dijo ¡hasta aquí!, que ya no quería más corruptos y ladrones compulsivos, ni vendepatrias, ni incompetentes en el Poder. Y México es una fiesta, la gente se ve libre, más protagonista de su vida y con resultados, también físicos, muy tangibles con el ‘nuevo Régimen’.
La oposición, los partidarios de la anterior corrupción y de mantener al país como colonia de un país extranjero, no dejan de pronosticar el hundimiento de la República pero las cifras económicas desmienten estos escenarios apocalípticos (esto me suena); con su presencia casi testimonial en el Parlamento, estos partidos, en lo que rezongan, no consiguen sino verse cada vez más ridículos: no han entendido nada.
Así las cosas nos encontramos con que España, mejor dicho, la España oficial, se alinea con la oposición mexicana, posiblemente la oposición más apestosa de las que en el mundo han sido y, si cabe, más incluso que la española. Siguiendo con la tradición, nuestro Servicio Exterior no parece haberse enterado de nada, y el gobierno del PSOE se coloca del lado de la Corona y la ‘gente de bien’. Todo en orden.
Pero en todo este desbarajuste de la relación con México me parece sin embargo que puede haber una buena razón para este distanciamiento de España con respecto a Méjico. En efecto, en unas posibles relaciones estrechas y cordiales con Méjico existe el tremendo peligro de que se nos contagiara algún aspecto de esa Cuarta Transformación mexicana; por ejemplo: la lucha sin cuartel contra la corrupción, la reforma de la Justicia, conseguir alguna política exterior, buena o mala, pero alguna, erradicar herencias e instituciones del pasado, por inútiles y tóxicas, revertir la absoluta privatización de la energía y el desguace en marcha de la Sanidad y la Educación públicas, alcanzar la auténtica separación Iglesia-Estado, alcanzar y defender la división de Poderes, etc. Aunque tengamos ya un supuesto ‘plan de regeneración de la democracia’, eso sí, de la señorita Pepis, en plan por demás lampedusiano y olé.
Definitivamente, este país nuestro cada vez resulta más viejo, en el sentido más peyorativo de la palabra, y la verdad es que se va mostrando más difícil por momentos cualquier intento de reforma y regeneración auténticas.