El Presidente de El Salvador, Nayib Bukele, ha adoptado en su país una serie de medidas que han causado un inmenso revuelo por todas partes, a favor y en contra. En contra están algunas ONGs, algunos gobiernos y alguna Prensa. A favor están, especialmente, la gran mayoría de los salvadoreños (¿A quién le puede importar la opinión de un país tan pequeño?). El argumento más utilizado por los críticos o contrarios se basa en una súbita defensa de los Derechos Humanos; es natural, resulta evidente que muchos de ellos no tenían ni la más remota idea de la situación de ese pequeño país ni del fenómeno de las Maras.
Me interesa el asunto de las ONGs, porque siempre se las cita globalmente como fuente de autoridad, cuando lo cierto es que entre estas organizaciones, como en la viña del Señor, hay de todo. En efecto, hay algunas de un mérito, preparación y eficacia evidentes, hay otras, digamos, más discutibles; las hay grandes y pequeñas, seguramente estas, las que tienen menos medios son las más esforzadas; y hay bastantes que tienen a sus voluntarios prácticamente en la indigencia mientras sus capos viajan en clase business; con frecuencia no hay mucha transparencia en su ejecutoria. Ahora bien, las que hablan de ataque a los Derechos Humanos por parte del gobierno de El Salvador, manifiestan —eso sí, desde su presunto alto magisterio y supuesta autoridad- un profundo desconocimiento sobre la realidad y la historia de este país, y lo primero que suscita su repentina denuncia es una gran extrañeza, ante su anterior silencio absoluto sobre la situación de la generalidad de la población salvadoreña, ante su sometimiento al expolio, hasta el asesinato, a manos de las poderosas maras. ¿Esta parte mayoritaria de la población, cruelmente maltratada, no tenía Derechos Humanos? No, no los tenían ni los tienen; lógicamente, esos derechos no los pueden tener gente humilde de un pequeño país, pero sí que los tienen los pandilleros de las maras, a juzgar por la prosperidad y la impunidad disfrutada hasta ahora por esos verdugos.
Este extraño comportamiento de algunos oenegeros quizás no sea prueba de pura incoherencia, lo que pasa es que ellos piensan que esa población en general pobre, expoliada, maltratada, y asesinada no son seres humanos y por lo tanto no tiene Derechos Humanos, y no hay que preocuparse por ellos; esa vaina de los Derechos es cosa de gente más próspera y principal, como por ejemplo los pandilleros que se dedicaban a masacrarlos, tolerados y mimados por los anteriores gobiernos. Para estos oenegeros estas gentes salvadoreñas mártires apenas son como insectos o sabandijas. (En otros países, como por ejemplo Afganistán, el asunto de los Derechos Humanos tampoco interesa; a las mujeres tampoco se las considera seres humanos)
Para la cuestión de los periodistas críticos antibukele (en todas partes hay Prensa cloacal) y los gobiernos más o menos preocupados, vale la réplica empleada para las ONGs y poco más. Solo destacar el caso cómico, por no decir patético, de ese gran país que se permite opinar sin haber reconocido ni siquiera al Tribunal Penal Internacional. Tal vez tenga más interés considerar otros aspectos implicados en el “Asunto El Salvador”.
Este caso nos ha recordado y puesto de manifiesto el enorme poder del Estado. Pero sucede que esos grandes poderes de los Estados son utilizados generalmente para expoliar o machacar a su propio pueblo; sucede que por primera vez se han hecho uso de esos poderes extraordinarios para todo lo contrario, para combatir a los que expolian y machacan a ese pueblo; sucede que, lógicamente, el estupor se apoderó de todo el mundo, y sucede que ante esta experiencia inédita, los bienpensantes del planeta se han lanzado en tromba para condenarla porque, evidentemente, es un precedente que no se puede tolerar.
Ante esos poderes extraordinarios de los Estados, ahora llama mucho más poderosamente la atención el hecho de que en general poco o nada hagan contra el llamado Crimen Organizado. La explicación más inmediata y más obvia ante este fenómeno es que el Crimen está mejor organizado que el Estado. Y puede haber otras explicaciones complementarias, por ejemplo que es más cómodo y ventajoso para los gobiernos mantener una entente con los malvados, o que tal vez se trate de una simple cuestión de connivencias. Todo razones de peso para condenar más todavía el “Caso Bukele”.
Pero pese a todo El Salvador está siendo un referente para muchas personas, incluso un modelo a seguir, y más ahora que está “empeorando”: el Presidente Bukele: no solo ha dado en combatir a los criminales sino que además la ha emprendido contra los corruptos, y encima (otra acción inédita y una osadía intolerable) pretende que los ladrones devuelvan lo robado; causas de tremenda inquietud para los bienpensantes, malandros y “colocados”. Por todo ello, Señor Presidente, gracias y, por favor, tenga mucho cuidado con los accidentes.