Había un asunto que últimamente me venía torturando, porque no le encontraba ninguna explicación mínimamente racional. Se trata de la importante masa de votantes y sus representantes políticos que no consienten cualquier tipo de medida que pudiera arbitrarse de mejoras para los trabajadores, para la población en general, de protección para la mujer, de incidir en alguna medida en un más justo reparto de la riqueza o en una más racional organización de alguna cosa; siempre en contra, siempre votando NO a cualquier cosa que pudiera suponer algún beneficio para la mayoría, siempre defendiendo a los ricos y poderosos. Se ponen como locos cuando huelen el dinero público y celebran poder disfrutar de la degustación de las aguas fecales que generan sus manejos. Son tanto más beligerantes contra cualquier mejora cuanto más vulnerables sean sus beneficiarios.
Lo primero que pensé fue que no era un asunto de creencias o de ideología, sino de algo mucho más directo y elemental, se trata, sencillamente, de que son malas personas. Pero después comprendí que esto no podía ser posible, que no explica por completo el fenómeno, porque no puede haber tanta gente tan malvada o tan estúpida.
Era preciso indagar más sobre este extraño fenómeno, aun contando con las connaturales tendencias españolas a la amnesia y al masoquismo. Si nos remontamos al origen, las cosas empiezan a aclararse con su personaje-tótem: el general Franco, el hombre que asesinó a España. Su legado de sangre y odio, de miedo y expolio, de beatería y fascismo, prendió con singular fuerza en la mayoría de lo que quedó de este pobre pueblo mártir.
Por cierto, me parece que no es verdad que Franco fuera fascista. A mi juicio, creo que Franco solamente era franquista; ciertamente, se apoyó en los fascistas, en los católicos feroces, en cualquier clase de gente o idea que le ayudase a mantener su única ideología, el poder.
Algo que ya tenía carta de naturaleza durante el franquismo, la corrupción; se desarrolló después con gran fuerza en la Democracia, de la mano de una poderosa y bien organizada impunidad, total o casi total. En efecto, aquí aparece otro importante ingrediente del fenómeno que intentamos analizar: la corrupción. Esos votantes sistemáticos del NO oscilan entre los indiferentes ante la abrumadora y próspera industria de la corrupción y los que hozan ansiosos y felices en los basureros cultivados por sus numerosos corruptos, aparte de las utilidades que les pueden caer; gozan con la descomposición y los despojos malolientes. Pero todos viven felices y contentos por coexistir con la podredumbre de los ladrones compulsivos de la política; saben que en el improbable caso de que los pillen, lo que nunca jamás sucederá, es que tengan que devolver lo robado, con lo que la rentabilidad de sus acciones está garantizada. Esta devoción por lo corrupto es lo que les lleva a disponer de una poderosa Prensa cloacal y de algunos jueces que lucen togas manchadas de excrementos, Cloacas, excrementos… es lo suyo.
Lo que me lleva a la conclusión de este análisis, a la naturaleza de esta gente siempre en contra del pueblo, de la gente normal y decente, con especial odio a los que consideran tan horteras como para vivir de su trabajo. Conclusión: Lo que pasa es que esta horda está constituida por zombis; ellos no se han dado cuenta todavía de que son cadáveres vivientes, pero eso es exactamente lo que son. Por más que hayan conseguido bastante limitar sus alaridos estentóreos o disimular sus andares demasiado marchosos, siguen despidiendo un cierto tufillo a cadaverina que les delata, en la catadura de sus capos, en sus intervenciones parlamentarias y en el manejo de sus huestes.
La explicación de tan apestoso fenómeno, está clara. Por eso, por su gran número y su enorme fuerza me hace comprender que España es un país zombi. Pero, pese a todo, no creo que España esté muerta, me parece más bien que solamente está mal enterrada.
(Llegaron las elecciones del día 28 de mayo y esta tesis quedó rotundamente confirmada)