HISTORIAS DE NIÑOS MALOS

Érase una vez dos niños, Soputín y Pringosín que tenían dominado y atemorizado al barrio. Soputín era el jefe supremo de todas las bandas que operaban en esa parte de la ciudad y llevaba mucho tiempo en ese puesto, que según todos los indicios acabaría siendo vitalicio. Varios niños del barrio discutían esta circunstancia y algunas otras prácticas de Soputín, pero él les obsequió piruletas con polonio y dejaron de protestar.

Pringosín era un cocinillas y se ganó a Soputín, que era un goloso, preparándole delisiosos platillos. Desde esta situación consiguió entrar en el club de los más ricos de la ciudad y formó una empresa con una fuerza real y efectiva que se dedicaba a recaudar el canon de protección y a corregir a los disidentes y a los tibios. Sin escatimar medios ni procedimientos, acudía a los trabajos bajo pedido o por indicación de Soputín. Como gran melómano que era llamó a su empresa Dupar, en homenaje a Valledupar (Colombia), creador del fuerte ritmo del vallenato.

Una importante faceta del trabajo de Soputín era la okupación de casas, empezando por algunas habitaciones en las que sus muchachos se afincaban y se hacían fuertes, hasta conseguir el dominio total del edificio entero. Ahora estaba ocupado con Villa Ukronía, que le estaba dando problemas con las primeras habitaciones okupadas y le había obligado a defender esas habitaciones y, de paso, aprovechar la ocasión para entrar en el resto de la villa y conseguir okuparla por completo. Además, los ukronianos pretendían establecer relaciones con otros niños y participar en sus juegos y excursiones, ¡sin pedirle permiso a él! Es evidente que estaban necesitando un fuerte correctivo.

Nada de esto sería necesario si en Ukronía hubieran seguido el ejemplo de Cielofucsia, una casa colindante que ya estaba en su totalidad perfectamente conforme y sumisa a las directrices de Soputín, que en esta casa había puesto de encargado a Lucaspenko, un crío de buen corazón que sabía llevar a sus moradores con puño de hierro en guante de seda y que normalmente solo maltrataba a los propietarios legales de la casa.

Muchos niños, incluso de otros barrios, hartos de este tipo de situaciones, decidieron ayudar a los de Villa Ukronía, enviándoles tirachinas, escopetas de perdigones, bombas fétidas y polvos pica pica; también enviaron algún dinerillo para comprar pizzas. Solamente el jefe de Estados Juntos, y gran capo de los niños de todos los barrios y ciudades, estaba feliz y satisfecho, porque pensaba que con este enfrentamiento había conseguido incrementar su corte de palanganeros y además podían irse al carajo de una vez por todas la Unión Gurrupera y el pueblo de Soputín, la Gran Madre Fucsia, que le tenían ya hasta las narices.

Colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Moraleja: Conviene poner algunos límites a los niños, porque si no luego es mucho peor y con frecuencia hasta se olvidan de quién manda de verdad.

Deja un comentario