CONCEPCIÓN INMACULADA

Al parecer, a la Iglesia le parecía poco apropiado que María concibiera y pariera a Dios con arreglo a los métodos convencionales y elaboró el sorprendente relato del palomo concibiendo con una mujer. Podrían haber recurrido a historias más creíbles y menos violentas; por ejemplo, creo que fue  Pulgarcito el que nació bajo una col. Pero, buenos conocedores de la naturaleza humana, optaron por esta explicación, y no lo hicieron como parábola o simple curiosidad bíblica sino que lo elevaron al máximo rango de su fe, lo colocaron nada menos que como dogma.

Un año más, acabamos de pasar otra vez la fiesta de la Inmaculada Concepción, importante efemérides de la Iglesia Católica que me suscita algunas reflexiones.

Con semejante decisión doctrinal, se puede decir que emputecieron de un plumazo a todas las mujeres madres, partidarias de concebir y parir con arreglo a los procedimientos tradicionales. (Seguro que algún pardillo de la Historia habrá ido a la hoguera por haber negado tan prodigioso dogma).

En algún momento tengo leído que allá por el Paleolítico la mujer tenía una gran fuerza y prestigio por su poder genésico; la capacidad de parir, de hacer nuevas vidas la hacía jefa o diosa. A medida que el hombre se fue percatando de que él también tenía algo que ver con esa capacidad, la mujer fue perdiendo ascendiente y los matriarcados fueron dando paso a los patriarcados. Sea como fuere, en algún momento los sacerdotes se dieron cuenta de la importancia de este fenómeno y decidieron manejarlo a su conveniencia, dando lugar a montajes como el de este sorprendente dogma..

Todos aceptamos con entusiasmo la componenda y hemos conseguido una inmensa cantidad de advocaciones de la Virgen, un auténtico politeísmo que recuerda mucho al de la India, con sus centenares de dioses. De todas formas no se puede negar el éxito del invento, reconociendo lo que se ha dicho de que somos más devotos de María por ser virgen que por ser la madre de Dios.

De todas formas no podemos dejar de pensar en lo que ha sido la vida de la mujer, relegada, ignorada, utilizada, enterrada en vida por la autoridad del hombre y de los dioses. Y no se puede negar que han sido el machismo y las religiones lo que ha propiciado esta ausencia de autoestima de las mujeres.

De las infinitas pruebas y anécdotas que se pueden reseñar sobre el desprecio a la mujer, hay una que me llama especialmente la atención por practicarse en  sociedades presuntamente más avanzadas: se trata de la costumbre según la cual la mujer, al casarse, pierde su apellido para adoptar el del marido; me parece una agresión comparable a la del burka.

Aparte, resulta chocante que creyentes que niegan el matrimonio entre personas del mismo sexo, proclamen con tal solemnidad la importancia de semejante coyunda ave-mamífero.

Pero todo este despropósito queda empequeñecido ante la aberrante    barbaridad de que todo un Estado (dejaremos lo de laico para la sección de chascarrillos) adopte tal efemérides nada menos que como fiesta nacional.

Ciertamente, las grandes religiones no se distinguen precisamente por su feminismo, aunque muchas fieles de estas confesiones parecen mostrarse felices y contentas con su triste condición;  pero ello no impide que nos invada una gran tristeza e indignación cuando pensamos en la enorme carga de talento que ha perdido la Humanidad por este relegamiento sistemático de la mujer, consentido o provocado por la religión.

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