Algunos de los que no somos muy religiosos hemos advertido por qué la Economía no se encuentra entre nuestras ciencias favoritas: he descubierto que la Economía ha venido a convertirse en una especie de nueva Religión. La nueva Religión.
La Economía tiene sus lugares y propósitos, como las auténticas religiones; tiene sus doctrinas y sus propios dogmas, de los buenos, de los que no necesitan para nada ser contrastados; tiene sus templos y sus ritos, la Bolsa, la Banca; tiene sus santuarios, como Wall Street, o la City; tiene sus lugares de peregrinación, los paraísos fiscales; tiene también sus milagros, como los beneficios y rentabilidades siempre crecientes; y, por supuesto, los ungidos y poderosos no tienen que pagar diezmos y primicias (impuestos), pero no dejan de prometernos a los fieles un futuro mucho mejor en la otra vida, siempre que ahora nos portemos bien (y paguemos) Naturalmente, siempre apelando a intereses e ideales superiores.
Y esta nueva religión, la Economía, como no podía ser por menos, tiene también sus sacerdotes y augures, los economistas, que ofrecen el bonito espectáculo de parecer que son ellos los que iluminan con su perspicacia el camino y guían con su ciencia a los capos del Sistema, cuando sucede justamente lo contrario, son ellos los que interpretan fielmente los libretos que les ordenan esos mismos capos. Como buenos sacerdotes, dan normas de vida (para los feligreses) y hasta han predicado guerras santas. Buena muestra de la fuerza y solvencia de estos predicadores es precisamente que no han vacilado incluso en exigir sacrificios humanos, como con las «Crisis», esas famosas crisis que han servido para que esos capos se forren más todavía mientras que la plebe arrostramos toda clase de nuevos y mayores sufrimientos y calamidades.
La gran prueba de la pujanza de la nueva religión es que casi todos seguimos como corderillos sus ‘enseñanzas’ y directrices, respetando celosamente sus ceremonias y festejos, devotos y temerosos exactamente igual que en las antiguas religiones
Por supuesto que también hay economistas serios y decentes, pero están cuidadosamente apartados de los círculos de poder o de influencia y totalmente silenciados por los vigentes medios de difusión (casi todos meras hojas parroquiales del Sistema)
Es como aquellas viejas películas de aventuras, en las que de una enorme roca con forma de calavera salía una voz terrible que ordenaba a los pobrecillos indígenas todo lo que debían hacer y exigía todo lo que debían entregarle. Hasta que llegaba un intrépido explorador y descubría que tras aquella imponente voz cavernosa sólo había un capo que resultaba ser un canijo feo y cobarde que daba las órdenes y atesoraba todo lo que le entregaban sus aterrorizados súbditos. El canijo recibía su justo merecido y los indígenas eran gozosamente liberados (seguramente tras entregar sus recursos naturales al país o a la empresa del intrépido explorador)
Lo malo es que estamos mucho más obnubilados y asustados todavía que aquellos pobres indígenas. Y, desde luego, no cabe esperar la llegada de ningún intrépido explorador que nos libere y que ajuste las cuentas (nunca mejor dicho) a nuestros insaciables y orondos capos.