CUELGAMUROS – BAMIYAN

        A propósito de la polémica que rodea a la basílica de Cuelgamuros, más conocida como el Valle de los Caídos, se formulan estos comentarios por si pueden tener alguna utilidad, sobre todo cara a los que se muestran partidarios de demoler este edificio.

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       Resulta inevitable el recuerdo y comparación con otra importante labor de ‘limpieza’ llevada a cabo no hace muchos años: la voladura de los Budas de Bamiyan. En ambos casos, una cierta fuerza política decide que unos determinados restos del pasado, deben desaparecer. En aquél caso los artífices de la hazaña fueron talibanes musulmanes, que dinamitaron estos Budas monumentales (56 metros de altura el mayor), tallados en la roca en el siglo VI y que siguieron con los toros alados de Nimrud y otras obras del arte universal; en nuestro caso se trata de talibanes de por aquí en un monumento quizá más modesto, pero la mentalidad es la misma, destruir un testimonio valioso del pasado por que no les gusta.descarga

       Nuestros talibanes deben comprender que para conservar y proteger un vestigio del pasado no es necesario que sea “artístico, ni “bonito”, ni siquiera que “nos guste”; basta con que posea un poderoso valor testimonial de épocas o hechos pretéritos. Así lo entienden las personas civilizadas, independientemente de sus ideas políticas o religiosas.

        Tal vez nuestros talibanes en ocasiones tengan sus buenos motivos para sobreactuar y demostrar que son más antifranquistas que nadie pero, para empezar, ese edificio no les pertenece a ellos, es de todos los españoles y sobre todo de los prisioneros políticos que lo construyeron. (Si el edificio se conserva, la recaudación por las visitas debería destinarse a estos trabajadores o a sus descendientes)

       Obviamente, no será obligatorio visitarlo, pero debe permanecer como una página de nuestra Historia que precisamente por cruel y siniestra debe mostrarse a las generaciones futuras para que no se pueda volver a vivir algo semejante. Ese edificio se debe mantener, y daría exactamente igual dinamitarlo que dejarle entrar en ruina por abandono.

       Pero si, finalmente, triunfaran las tesis de los talibanes, no habría más remedio que seguir con sus directrices y emprenderla a continuación con el Monasterio de El Escorial, que está cerca y es una muestra de la monarquía absoluta y, ya metidos en faena, cargarse los castillos, que son recuerdo del feudalismo y, por supuesto, demoler sin tardanza las iglesias y catedrales que hayan tenido algo que ver con la Inquisición, etcétera. Aplicando estos criterios el patrimonio arquitectónico del mundo iba a quedar bastante aligerado.

        Pero si se conviene en mantener este edificio del Valle de Cuelgamuros, ¿qué se hace con los restos del dictador? Esa es otra cuestión. Si ese edificio permanece, debe ser cambiando su significado. No puede seguir siendo el gran Mausoleo de un dictador, de alguien que traicionó su juramento de lealtad a la República; demasiada sepultura para un militar felón que sumió a España en semejante baño de sangre. En ese sentido, es lógico y necesario que sus restos sean sacados de ese templo y llevados a donde sea o a donde diga, por ejemplo, su familia; será un bonito gesto de generosidad el que no sean abandonados en cualquier cuneta.

        ¿Y qué hacemos  con ese templo? Creo que debería dedicarse a una cosa necesaria que todavía no tiene este país por algo que nos ha marcado tan profundamente: un Memorial de la Guerra Civil y de la Dictadura, provocados por ese tipo que ahora pretende seguir acaparando toda la razón de ser del monumento, como si su gran hazaña de haber dejado a España ‘así’ (todavía nos estamos lamiendo las heridas), mereciera, encima, gratitudes y homenajes. El reciente viaje del Presidente Sánchez a Chile quizá pueda haberle aportado alguna idea a este respecto.

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