SIGUE EL ESPECTÁCULO

     Hay un juego muy bonito que consiste en sacar el lado positivo de todas las situaciones que se puedan presentar en la vida. Vamos a intentar practicarlo nada menos que para el asunto del problema catalán.

     Seguramente el acontecimiento más bueno y no por insólito menos venturoso, sea el hecho de que el presidente Rajoy haya descubierto que existe una cosa que se llama Cataluña. Tras este descubrimiento y tan pronto como ha estallado lo que ya se venía anunciando desde hace tiempo, se ha puesto manos a la obra y, con extraordinaria deportividad, no ha ahorrado esfuerzos para aumentar y fortalecer los argumentos y la ventaja de la causa independentista.

     Fiel a sus sólidos principios no ha vacilado en renunciar a pasados devaneos parlamentarios (EN PRO DEL REFERENDUM) y empezó por establecer que aquí no vota ni dios, continuando por achuchar a las fuerzas del orden y de la justicia contra los ociosos que no tenían otra cosa mejor que hacer que andar con papeletas, urnas y demás accesorios seguramente conseguidos en cualquier sex-shop.

     Esto nos ha permitido asistir con asombro a la extraordinaria rapidez y contundencia con que actúa la Justicia. Cuando quiere. Y cuando son temas de índole política. También ha resultado impresionante la pasmosa naturalidad con que el gobierno se erigía en defensor de la Constitución, sin importarle, por citar sólo un caso bastante reciente, el haber ignorado por completo lo que establece el Libro Supremo respecto a la obligación de pagar impuestos, implantando una fabulosa Amnistía Fiscal e inaugurando así oficial y solemnemente el concepto de la Constitución-Chicle (LA COSTI) Así, con autoridad, amigos de sus amigos, como debe ser. ¡Hasta el Tribunal Constitucional sentenció contra esta grave infracción! Aunque, eso sí, cuidando de que su sentencia no sirviera absolutamente para nada gracias a su bien dosificada lentitud y a los bonitos plazos de prescripción que fija nuestro ordenamiento (¿o es ordeñamiento?) jurídico. Rapidez meteórica para unas cosas y lentitud oportuna para otras. El sabio ‘tempo’ de nuestra Justicia al servicio de las buenas causas. Y también la perspicaz flexibilidad para interpretar los preceptos constitucionales.

     Tanta es la actividad desplegada por las más altas instancias del cotarro que hasta el Tribunal de Cuentas (ese gran monumento al enchufe y al nepotismo) parece salir de su letargo de años, incluso hasta el punto de romper su astuta tradición de fallar en los asuntos cuando da lo mismo lo que diga porque ya ha prescrito; y ha dicho no sé qué cosa.

     Y qué hermoso teatro el del contraste de pareceres; ahora el Tribunal Supremo y la Audiencia Nacional discrepan en sus enfoques del asunto catalán, añadiendo nuevas escenas y más color al espectáculo cotidiano de la Justicia en este país. Pero en la variedad está el gusto, y por una parte tenemos estas faltas de acuerdo y por otra parte el edificante espectáculo de la buena armonía entre las ranas del estanque de Aguirre y los renacuajos de la justicia: González de Lezo ha salido de la trena bajo fianza y sobre Jaguar, quedando en el aire, aun así, la incógnita de si los jueces y los fiscales que le están tocando las narices serán finalmente absueltos.

     Pero podemos agradecer emocionados que todo este espectáculo nos distraiga de seguir pensando en el atraco del ‘rescate’ bancario (EL GRAN ROBO), rescates que en los países civilizados y democráticos, como es lógico y decente, los banqueros van a devolver hasta el último céntimo y con intereses. Aquí no. Aquí el pueblo paga, el pueblo aguanta. Aquí, lo dicho, amigos de sus amigos.

    La cárcel. Unos que entran y otros que salen. Y aún hay unos cuantos que, con sobrados méritos para ingresar en ella, ni la pisan ni se les espera. Todos forman una elocuente parábola de lo que es actualmente España.

 

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