LOS RECORTES

     Sin duda, los tiempos están cambiando, aunque todavía no sea posible saber exactamente en qué dirección y con qué resultados. Pasó la época “revolucionaria” con la efigie del Ché en las camisetas hasta en Estados Unidos, quedó atrás con la épica de la guerrilla y todas esas cosas. Y más ahora, con la muerte de Fidel Castro. Llegó después la aparente prosperidad, el relativo bienestar, el estar encantados de habernos conocido y la cosa revolucionaria pasó a ser entre nosotros una cosa más bien estética. Tal vez la mejor y más sintética descripción de este proceso nos la dé aquella canción de Víctor Jara que decía: “Mi padre, peón del campo y yo revolucionario; mis hijos pusieron tienda y mi nieto es funcionario.”

      Lo cierto es que hay muchos síntomas que indican haber entrado en una nueva fase, la de los «indignados». No parece que sea una cosa esporádica ni demasiado localista y une la rebelión por unas reglas de vida tan injustas, al fuerte desengaño que se ha producido con los que antes eran líderes más o menos respetados, o temidos, asimilables al poder político. El temor supersticioso que siempre ha producido el poder ha tocado o está tocando a su fin, al resultar ya absolutamente evidente que “el poder”, el poder oficial, suele estar detentado por incapaces, sinvergüenzas, paniaguados, arribistas, o todo ello a la vez. La crítica a «El Sistema” con argumentos absolutamente evidentes, por no decir perogrullescos, unida a esta decepción por las “élites”, ha calado con fuerza y características bastante universales, y está por ver si en esta ocasión las oligarquías consiguen también calmar e integrar a los portadores de esta profunda protesta, a los indignados. Y todo ello bastante ligado a las “crisis”, siempre tan oportunas.

    Se repite una frase que ha hecho bastante fortuna: «Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades». Cuando lo único que hemos hecho por encima de nuestras posibilidades ha sido robar, robar a mansalva, o exonerar de obligaciones a los que más tienen. Pero es un mantra que se repite con especial devoción, incluso entre algunos jovenzanos que aspiran a ser guardas jurados de «El Sistema».

    Vamos a referirnos solamente a dos hechos que ponen absolutamente de manifiesto la injusta y absurda relación establecida entre el poder auténtico y el llamado pueblo soberano. Son dos ejemplos especialmente llamativos por lo burdo y descarado de «El Sistema».

      El primero es el asunto de los recortes, los célebres recortes. Precisamente con las crisis, en los momentos de dificultad, salta la necesidad de hacer ajustes, de apretarse el cinturón. Se imponen los recortes o congelaciones a los sueldos y pensiones (¿cabe imaginar un gesto más criminal que el de meter la mano en el bolsillo de un jubilado?) Y justamente los más vulnerables son así castigados por la santa voluntad de esa imponente autoridad. Sin embargo los más poderosos no sólo no son recortados sino que además seguirán cobrando sus bonus, pluses y demás gratificaciones no se sabe muy bien por qué, incluso en empresas auxiliadas por el gobierno, incluso aunque ellos hayan contribuido decisivamente a la ruina de esas empresas, mientras se fuman un puro y “recortan” a su vez a sus curritos o, sencillamente, les ponen de patitas en la calle.

     Y hay algo más. No se ha visto todavía que al tiempo que se recorta a los asalariados sus magros salarios y derechos sociales, se recorte también en algo a los poderosos (que ya tienen condiciones fiscales «especiales») los metros cuadrados de sus mansiones, la potencia de sus deportivos, las cabezas de sus cuadras de caballos, los metros de eslora de sus yates, etc. Son ajustes que en nada afectarían a su bienestar y opulencia, pero que contribuiría algo al “esfuerzo común”, siquiera como gesto. Pero no hay caso, es la codicia insaciable y cerril hecha ley. Es la ley del embudo convertida en precepto constitucional y norma sagrada.

    El segundo hecho lo ilustra con tremenda crudeza aquél espectáculo del presidente Sarkozy en una reunión del G20 en Londres, a la que acudió como un auténtico Mihura dispuesto a cargarse los paraísos fiscales. ¿Y qué pasó? Pues nada. Nada de nada de mil novecientos nada. Que todo un presidente de Francia se la tuviera que envainar en un asunto como éste, ilustra con suficiente claridad el estado de la cuestión. Y sin remontarse más en el tiempo, en una situación actual, tenemos el caso de los señores Junckers y Duyssenberg, tan cariñosos con las multinacionales y haciendo como que sirven a la Unión Europea, como buenos hijos de sendos paraísos fiscales. Es inevitable plantearse cosas como éstas cuando se avecinan nuevos recortes, son cosas que revelan a las claras quién manda de verdad en el mundo y acaso plantea si hay razones de peso para indignarse.

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