Algunas personas creemos que el nacionalismo y la religión han sido históricamente las mayores causas de muerte y sufrimiento que se han abatido sobre la Humanidad. Sea como fuere, es lo cierto que el nacionalismo radical y militante supone estructuras de pensamiento muy especiales y que parecen casar cada vez peor con la marcha de este planeta, entre otras cosas cada vez más pequeño y más interdependiente.
El intrépido periodista y explorador Stanley (el de «Mr. Livingston, supongo»), en el apogeo de su fama, propuso crear una especie de nación modelo en África, para la que planteó la siguiente composición de su población: «5.000 ingleses, 5.000 americanos, 2.000 franceses, 2.000 alemanes, 500 italianos, 250 suizos, 200 belgas, 50 españoles, 5 griegos». Como el que dicta una receta culinaria, Stanley vino a proponer su receta demográfica para su nueva nación ideal del futuro. Dejando aparte su anglo centrismo furibundo (finalmente triunfante en el mundo, por cierto), es lo cierto que nos da algunas pistas sobre la importancia de los pueblos. A poco crédito que demos a estas elucubraciones, si en esa fórmula calculamos el porcentaje del total que corresponde a cualquiera de nuestras autonomías nos puede dar un auténtico ataque de humildad.
Ciertamente, los pueblos o las ideas no son más importantes cuanta más gente los sustente, pero éste no deja de ser un dato que puede ayudar a sosegar algo los entusiasmos identitarios.
Sin duda, hay nacionalismos y nacionalismos y uno de los más especiales seguramente es el nacionalismo español. Entre enunciados como aquél de que «Ser español es una de las pocas cosas serias que se puede ser en el mundo», y aquél otro de «Es español el que no puede ser otra cosa» puede haber posiciones intermedias, pero es evidente que el planteamiento que predomina entre nosotros tiende más bien a este último. Lo resume aquellos versos de Bartrina glosando el talante nacional de los europeos: «…y si habla mal de España, es español».
Nada de exhibir la bandera nacional ad náuseam y portarla hasta para ir al cuarto de baño, como sucede con otros nacionales; aquí llevar la bandera es señal de franquismo o directamente de fascismo y sentimientos de lo más reaccionario. Esta es seguramente la característica más curiosa del nacionalismo español, aquí es signo de izquierdismo y de progresismo el abominar de España. Nuestra izquierda ha adoptado como seña de identidad despreciar o atacar todo lo español. Quizás es más bien una cierta izquierda fashion que ignora todas las importantes mentes del progresismo que se consideraron profundamente españolas, por ejemplo y sin ir más lejos, durante la II República.
Por otra parte, es bastante reciente la gran movilidad internacional que se da en nuestro país entre la juventud, primero con becas de intercambio como la Erasmus y también con la emigración forzada por la situación económica, fenómenos que sin duda han provocado un mejor conocimiento entre los jóvenes de diferentes países. Pues bien, de ese mayor contacto y conocimiento, la comparación ha sido inevitable y bastante satisfactoria en general. Nuestros chicos han podido comprobar en el extranjero las muchas cosas en las que todavía tenemos bastante que aprender y también aquellas en las que nuestro papel es bastante estimable. Es decir, ahora sabemos de primera mano y con bastante conocimiento de causa que no somos ni un pueblo elegido ni un pueblo maldito. En definitiva, gente bastante normal y sin razones especiales para ensalzarse entusiásticamente a cada rato ni para estar auto flagelándose todo el santo día.
Pero en general no deja de resultar chocante que un nacionalismo tan desvaído como el español suscite tanta inquina y tanto rechazo por estas tierras, y no desde sensibilidades indiferentes o contrarias al nacionalismo en general, sino por parte de otros nacionalistas rampantes. Porque se puede ser nacionalista o ciudadano del mundo, se puede abominar de todos los nacionalismos o ser un rendido seguidor de este tipo de fervores, pero se entienden mucho peor las devociones ante un nacionalismo determinado y los rechazos cerrados ante otro, aunque sabemos que los nacionalismos militantes suelen ser precisamente eso: negar e incluso odiar al otro.
Porque, en fin, por ejemplo, ¿cabe una prueba mayor de nacionalismo desganado que un nacionalismo como el español, sin letra en su himno nacional?
Por todo ello nos parece que la guerra de nacionalismos que se da en España es algo mucho peor que injusta. Es bastante estúpida.