La abrumadora abundancia de chorizos que se da en este país no debe hacernos olvidar sus numerosas y variadas clases, por lo que nos proponemos a continuación hacer una sucinta clasificación zoológica de sus tipos, agrupándolos en tres clases principales
EL CHORIZO CHORIZO
Se trata del tipo puro, el más elemental, el que directamente mete la mano en el cajón, espécimen quizá hoy en algún retroceso por las mayores molestias que supone sortear los magros controles formales que hay con los dineros públicos, o por cubrir las apariencias más elementales. Una buena especialidad es la del que vende o privatiza patrimonio público a fondos buitre y demás emprendedores del hampa financiera. Ha evolucionado sobre todo hacia el político que admite toda clase de dádivas de las empresas que contratan con la Administración, recibiendo, aparte de pasta gansa, regalos, viajes, propiedades, chollos con la puerta giratoria, y demás gangas, contantes y sonantes o en especie.
EL CHORIZO EMPRENDEDOR
Es el chorizo que se la pasa creando nuevos organismos públicos, con cualquier motivo o sin necesidad de pretexto alguno. Se trata de colocar a parientes, amigos, coleguis, conmilitones y demás apegados sin que sea necesario que tengan una profesión, oficio o habilidad conocidos y, mucho mejor, sin enojosas pruebas de selección objetivas. Mención especial merecen los que no entienden que a las queridas las tienen que pagar de su bolsillo y no cargarlas al erario público. Obviamente, estos organismos no tienen por qué justificar su utilidad, eficiencia u oportunidad, solamente se justifican en la colocación de personas «próximas» que no son partidarias de arrostrar ninguna dificultad normal en la búsqueda de empleo y, con frecuencia, que además no son muy adictas al trabajo. Estos nuevos entes creados además tienen generalmente la gran ventaja adicional de que suelen configurar una especie de Administración paralela con la importante cualidad de ayudar a eludir los controles de verdad de la Administración oficial.
EL CHORIZO CONSTRUCTOR
Aunque los chorizos no procedan exactamente del sector inmobiliario suelen acabar bien relacionados con el mismo, entrando antes o después en su categoría. Pero el chorizo constructor es más bien el que tiene una especial fijación compulsiva por las obras, el que se chifla por salir en los papeles cortando cintas de inauguración (aparte de posibles compensaciones «complementarias»), sin olvidar la gran delikatessen de la especialidad: las obras con precios inflados, o presupuestos crecientes tras la adjudicación. En cualquier caso, contrata y contrata sin atender a enojosos detalles, como que esa obra tenga asignación presupuestaria o que pueda haber dinero de cualquier clase para ejecutarla. Y el tipo se la pasa inaugurando obras con especial ferocidad, sin reparar en que después de hacer una obra hay que pagarla. Y con frecuencia no la paga. (Y ya ni mencionemos el enojoso asunto de que esas obras después hay que mantenerlas) Es especialista en guardar facturas en los cajones, y el que venga detrás que arree. Las secuelas son trágicas para las empresas pequeñas y medianas que no cobran, porque no, porque al señorito chorizo constructor no le da la gana, por el artículo 33. El chorizo constructor pasa de estas minucias y saluda al público agradecido, sonriendo, fumándose un puro, y sin reparar en las trágicas secuelas para empresas arruinadas por falta de cobro, que tienen que cerrar y poner a sus trabajadores de patitas en la calle. Y además produciendo ciudadanos endeudados de por vida.
Obviamente, en la realidad no suelen darse estos tipos «puros» sino más bien una combinación de más de una clase de chorizo, lo que proporciona una rica variedad de estos especímenes tan nuestros, tan abundantes y todos hermanados por la alegría y por la más absoluta seguridad en la impunidad.