LA COSTI

      La Constitución fue una señora más bien oronda y de bastante buen ver, que era el no va más en la definición del Estado y en la estructura de este país y en las quintaesencias y en todo eso; en una época incierta de nuestra historia. Descendía ella, de lejos, de una importante dama progresista y bastante adelantada para su época, que antaño llenó de orgullo a su familia y a muchos próceres allende los mares, para después ser silenciada y apartada al más oscuro rincón de los archivos y bibliotecas.

     A nuestra Constitución se la dotó de una serie de medios, intérpretes y servidores, y todos estaban tan contentos con esta señora en cuyas generosas ubres se podían ocultar y mamar todos los paniaguados de la política, y a la que podían acudir viniera o no a cuento. Todo funcionaba bien, podíamos presumir con ella en todos los foros internacionales. Todos contentos. Pero de un tiempo a esta parte algunos políticos empezaron a proponer algunos cambios en sus costumbres y sobre todo en su look, como necesidad de los nuevos tiempos, pero otros políticos decían que de eso, nada, ya que temían perder algunos de sus chollos y prebendas.

     Los Padres de la Patria hasta le pusieron un Tribunal para ella sola, que soltaba sus sentencias cuando le venía en gana y siempre tarde, salvo cuando tenía que pronunciarse al calor de la coyuntura política. La cosa comenzó a enrarecerse cuando empezaron a obligarla a hacer cosas raras, como por ejemplo bailar con terroristas o emitir sentencias de las que nadie hacía caso, que no servían absolutamente para nada y que algunas veces ni venían a cuento. Los próceres, con su fino instinto, se olieron rápidamente el chollo y la sacaban a veces en procesión, en defensa de sus asuntos y de sus apaños. Pero, una vez que entendieron que no hacía maldita la falta, en lógico desenlace todos sus servidores enseguida se dieron cuenta de que podían largarse y seguir viviendo de ella prescindiendo por completo de ella. Y la echaron a la calle.

     Sus coleguis de la calle no la acogieron mal. Eso sí, aconsejaron algunos cambios, el primero de todos el cambio de nombre; lo de Constitución quedaba demasiado largo y muy solemne. Decidieron que se llamara «la Costi». También hubo que hacer algo con su aspecto: nada de togas, túnicas largas ni cosas así. En su lugar una pequeña capa que apenas le cubría los hombros y una minifalda que dejaba al aire unos muslillos enseguida cubiertos de cardenales y con unas medias de malla llenas de rotos y zurcidos. Completaban su imagen unos zapatos de tacón algo grandes para ella y un peinado entre anticuado y punky.

     Los políticos de plantilla no tenían ni idea de por dónde andaba, pero seguían invocándola con carita solemne por considerar que, junto con lo de aplaudir, formaba parte de sus obligaciones. Mientras, la Costi hacía sus rondas lo mejor que podía, y lo malo no eran los insultos, lo peor era cuando le pegaban y ya no daba abasto para disimular con el maquillaje los moretones y el ojo morado.

    La Costi acogió con buen ánimo su nuevo estatus. Caminaba como podía, aunque sus grandes zapatos no le permitían unos andares muy airosos, y ensayaba con gran dedicación la pose de debajo de la farola, girando el bolso como una posesa.

    Ahí va la Costi, suplicando la pobrecilla con los ojos un servicio que quizá le permita sobrevivir una noche más.

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