MINISTRO EN ‘INTERIORES’

       El país asiste boquiabierto al affaire del ministro de Interior y a su posterior desarrollo. El propio ministro, el gobierno y el fiscal han dicho que no pasa nada, que todo está bien, que pelillos a la mar. Pues nada, si estas gentes tan principales nos dicen que no pasa nada, que todo está bien, así será, pero ello nos da la medida exacta de la calidad humana de la gente que nos rige y del estado moral a que ha llegado este país.

      Aunque somos gente pacífica y ya tenemos mansamente asimilado que este país a lo más que se parece es a una república bananera, nos resulta bastante duro de tragar esta última hazaña de un Padre de la Patria, en la que ya ni siquiera se considera la conveniencia de guardar mínimamente las formas ni las apariencias.

    Imaginamos que el ministro habrá recibido el mensaje: “Jorge, sé fuerte” o, mejor, “Jordi, sé fuerte”. Y mientras, el ministro andará pensando en la necesidad de condecorar a la Virgen de Montserrat como comisaria honoraria de la Policía.

     Y brillando con espectacular resplandor, como mayor daño colateral de todo este asunto, queda el penoso papelón que está haciendo la Policía española.

     Ya hace bastantes años, como 30 ó 35, Miguel Ángel Aguilar asistió a una mesa redonda en Zaragoza que trató el asunto de la actuación de los «espías» en España. Recuerdo que explicó cómo los chicos del CESID (o como quiera que se llamara entonces la cosa) estaban especialmente dedicados en espiar a los políticos de fuera del gobierno en sus andanzas de queridas, masajes y cosas por el estilo. Dedicación exclusiva y obsesiva. Del tema de los servicios de inteligencia extranjeros o asuntos parecidos, cero pelotero, sólo asuntos de faldas de los políticos en ejercicio. Quizá ya no se dé esta fijación por los temas de bragueta, pero mucho me temo que entre todas o casi todas las fuerzas del orden y similares de este país su mayor o exclusiva dedicación sea espiar a los políticos rivales para conseguir buenos dossieres con los que sus amos políticos tengan mejores argumentos para las negociaciones de su máximo interés: mordidas, mamandurrias, puestos, etc.

     Por eso, la presunta indolencia y hasta la inacción de la Policía es posible que sólo sea aparente y que en realidad estén a tope con estas tareas de ‘vigilancia’ de las intrigas de nuestros políticos, y siempre mayormente al exclusivo servicio del que detenta el poder. De manera que las décadas sabáticas que parecen observarse en ellos en realidad oculten más bien una febril actividad en estos menesteres de ‘observación del medio’. Y es lógico, entre otras cosas, que no quede tiempo para perseguir asuntos menores como por ejemplo el de la corrupción.

     Obviamente, en nuestras consideraciones nos referimos exclusivamente a la cúpula, a los jefazos del cotarro; los funcionarios normales bastante tienen con obedecer lo que tienen que hacer y, sobre todo, lo que tienen que no hacer. Pero, así las cosas, tengo que decir que ya había arrumbado la duda de si un país puede sobrevivir sin tener confianza en su Justicia. Parece que ahora tengo que recuperar esa duda y añadir otra nueva, la de si un país puede sobrevivir sin confianza en su Policía.

      Y a estas dudas, se va imponiendo la terrible sospecha de que caminamos de manera resuelta hacia la cruda realidad de un Estado fallido.

 

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