De nuevo el gran carrusel. El déjà-vu que nos trae los ritos de la Democracia y está muy bien que así sea porque de nuestra democracia apenas va quedando otra cosa que los ritos. Vuelta a ver a los políticos exhibir programas que no seguirán y hacer promesas que no cumplirán; rivalizar en frases pretendidamente ingeniosas, en muletillas y, en lo que puedan, en la cosa del «y-tú-más», etc. Y en medio de esta melé se prevé que el partido más corrupto sea el que más votos va a sacar, y prácticamente con eso ya está dicho todo.
Las opciones que se nos vienen ofreciendo oscilarían entre el terrible comunismo y la vaporosa socialdemocracia, además de un menesteroso conservadurismo que no acaba de atreverse a existir ni a definirse fuera de connotaciones franquistas y meapilas. Pero, eso sí, casi todo ello nimbado del omnipresente Centro, el centrismo como Meca y panacea de casi todas las soluciones políticas pero la opción más falsa de todo el espectro, como corresponde a un engendro de nuestros políticos, que no saben de qué va, pero que piensan que así pueden arañar votos a derecha e izquierda. Las soluciones casi nunca van a poder ser de centro, unas veces se escorarán más a la izquierda y otras a la derecha, pero el centro centro normalmente es sin duda la posición más irreal de todas, e incluso puede ser la más nociva. Entre asesinar a una ancianita o dejarla en paz, la mejor opción no es limitarse a partirle las piernas, que sería una excelente solución centrista.
Ante semejante panorama, pienso en una memorable viñeta de Jonás en la que se veía a un orondo prócer lanzando su soflama desde el balcón de un importante edificio. El gran líder planteaba al público que atestaba la plaza: «¡O yo o el caos!«, y la multitud respondía enfervorecida: «¡El caos, el caos!».
Esta es la situación. En un país que ha alcanzado tal grado de degradación, ¿qué nos pueden ofrecer los que hasta ahora se han repartido el poder y sus utilidades?, ¿que elijamos entre ellos y la peste?… Sería un dilema realmente difícil para bastante gente.
Así las cosas, para mí está muy claro. Si la única alternativa estuviera entre un gobierno formado por esta gentualla y otro formado por chimpancés, elegiría sin dudarlo este último. Bueno, debo confesar que, llevado por mi espíritu inconformista, exigiría que en ese gobierno hubiera al menos tres orangutanes y dos ositos panda. Es imposible que lo hicieran peor y, desde luego, robarían bastante menos.