Seguramente una de las cosas más impresionantes en este largo periodo electoral es la casi total coincidencia de los medios en atacar a una de las opciones, justamente la que propone el cambio (el cambio de verdad), unido a la feroz animadversión del resto de las formaciones políticas.
Se percibe auténtico pánico ante la posibilidad de que esa opción pueda acceder al poder. Nunca se había dado esta situación en las anteriores posibilidades de alternancia. Y es lógico porque los políticos de los partidos «serios» y sus apegados consideran que el robar y su impunidad son ya auténticos derechos adquiridos, al tiempo que, ante la saturación del choriceo, el pueblo soberano toma ya las informaciones sobre la corrupción igual que los datos sobre el parte meteorológico.
Ante esta situación hay dos noticias, una buena y otra mala. La buena noticia es que nos encontremos ante una posibilidad real de cambio (de cambio real), que los nuevos partidos estén recogiendo el estallido de protesta e indignación que surgió con el 15M por la degradación general de este país.
La noticia mala es el mal perder por anticipado de los beneficiarios de la actual situación, a la que consideran una conquista irrenunciable. La campaña sin límites y sin tregua contra Podemos revela, antes que nada, una escasa fe en la Democracia y en sus reglas de juego. Y demuestra también la indigencia argumental de sus enemigos -que no adversarios- políticos. Toda burla y toda infamia son buenas en el ataque a estos apestosos perroflautas. Pero -y volvemos a la noticia buena- quizá toda esta propaganda adversa, viniendo de quien viene, se torne en el mejor elogio que pueden recibir los podemitas.
Sin duda, la putrefacción de este país ha podido continuar sin disimulo y sin tregua muy ayudada por las décadas sabáticas que han venido observando los órganos de control y las fuerzas policiales y judiciales. Una vez que este laissez faire parece haberse atenuado algo, la avalancha de casos de corrupción ha sido realmente abrumadora. Pero, ¡oh prodigio!, este baño total en mierda no hace mella en los usufructuarios de «El Sistema», que siguen a lo suyo y ganando claramente las elecciones y los sondeos. Las explicaciones para este hecho tan insólito son varias y seguramente complementarias. Tal vez tengamos un pueblo de piñón fijo, amnésico y masoquista, pero posiblemente se trate de algo más elemental e inmediato: los partidos «serios» han sabido crear un enorme ejército de mamandurriados que van a luchar por sus prebendas y dotan a esos partidos de un ‘suelo’ electoral más que estimable, un soporte de votos que incluso puede poner en peligro el cambio (el auténtico cambio). Dicho de otra forma: los mamandurriados y chorizos pueden estar ya superando en número a los indignados y decentes.
En realidad esta correlación de fuerzas es un hecho que no se puede ignorar. Los bienpensantes (izquierda fashion, derecha meapilas, empresarios estraperlistas) pueden estar tranquilos, «El Sistema» es muy fuerte y no va a abandonar a sus criaturas. Es tanta la inquina que inspira este partido del verdadero cambio que, incluso, si todo falla, ¡quién sabe!, estos odiados populistas hasta podrían sufrir algún accidente.