LA PARÁBOLA DEL AGUA

Entre el caso de corrupción de cada día, entre el chorizo profesional que anda de proceso en proceso y en su casa fumándose un puro, entre la cruda constatación de la mediocridad infinita de tanto dirigente de algo, a veces surge entre nosotros  algún destello de honradez, de competencia, de bonhomía que no parece de este lugar, ni de este tiempo y que nos infunde un pequeño aliento, una cierta dosis de ánimo para seguir en este infame país de toda podredumbre y toda maldad.

Me estoy refiriendo al caso ACUAMED, la empresa pública del Ministerio de Agricultura y Medio Ambiente que ha saltado a la palestra informativa, no por sus logros agrícolas, no por sus mejoras medioambientales (se dejó colar el «impuesto al sol»); ha ‘saltado a la fama’ por sus chanchullos en la contratación, construcción, adquisición y explotación de toda clase de obras hidráulicas. (Por cierto, si todo esto ha podido salir con unas depuradoras y unas desaladoras ¡Imagínense lo que saldría con todo un trasvase!…)

Y no es nuestra intención mencionar siquiera a todos los prebostes de Acuamed, de las empresas exteriores, del ministerio, todos los ladrones ahora investigados y probablemente absueltos en el futuro por las leyes de la corrupción y de la omertá. Ahora no queremos referirnos a esta gentuza sino a la gente que ha cumplido con su deber.

Porque es en medio de toda esta basura donde ha surgido ese hilito de luz, esa bocanada de aire fresco que nos permite seguir respirando, que nos permite seguir reconociéndonos como seres humanos, gracias a los Técnicos que dirigían las obras, ingenieros e ingenieras que no transigieron con las trampas que les proponían las contratas. En un tinglado de ladrones, ellos mantuvieron la honradez, su profesionalidad y denunciaron los manejos a sus jefes, que se apresuraron a… ¡despedirles!

(¿Quién dijo que el Medio Ambiente no interesa a los políticos?).

Ingenieros que no tragaron con facturas falsas y chanchullos varios. Y a los que pusieron de patitas en la calle. Ahora ¿qué van a hacer con ellos? ¿Readmitirles? ¿Indemnizarles? ¿Pagarles alguna gratificación? (¡Ah, no, perdón, que las gratificaciones son para los que han expoliado a las cajas de ahorro!). No, más bien será lo contrario, seguramente serán incluidos en una lista negra de técnicos ‘conflictivos’, que no son ‘maleables’ por las contratas, gente que no puede volver a trabajar en la obra oficial porque no están preparados para trabajar con ladrones.

Solamente nos atreveremos a pedir un favor a los capos de tanta canallada. Por favor, cuando acaben de repartirse lo robado, cuando acaben de mondarse de la risa por cómo han chuleado al pueblo soberano, por sus rapiñas al contribuyente, por su astucia a la hora de mangonear las ayudas europeas, por su seguridad en la impunidad, cuando ya se hayan quedado sin aliento de tanta carcajada por el placer de disfrutar del botín, de jugar con vidas y haciendas por el gustirrinín de despedir a técnicos que estaban cumpliendo con su deber; cuando tengan una tregua en las francachelas con los astutos contratistas, cuando hayan descansado en sus mansiones, antes de que se dispongan a dar nuevos golpes, en éste o en sus fastuosos nuevos puestos futuros, cuando todo eso haya sucedido ya, …¡desaparezcan!. Que sus figuras y sus nombres no se crucen más en nuestras vidas anodinas por no robar, por vivir de nuestro trabajo, por tener la inmensa desgracia de vivir en un país regido por gente sin decencia y sin honor.

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