LA VICTORIA DE LOS «SERIOS»

Los sondeos siguen cantando la victoria en las elecciones de los partidos «serios» y es un hecho que da para la alegría de unos, la desesperación de otros y seguramente la incrédula sorpresa de los más. Algunos no entendemos que se siga insistiendo en los partidos que han traído a España a la situación actual y tenemos que preguntarnos por las causas de esta aparente sinrazón.

Quizá la explicación más inmediata consiste en atribuir al pueblo español una considerable dosis de amnesia acompañada de una cierta componente  masoquista. Sin duda, existen precedentes de un olvido total de efemérides incluso bastante recientes y de bastante querencia por la autoflagelación. Pero me resisto a que estas causas, al fin y al cabo fatalistas, definan la situación en las presentes circunstancias que uno no deja de ver algo especiales.

Y son especiales por la irrupción de fuerzas nuevas que traen un nuevo aire a este potaje que ya despide un insoportable hedor a puchero de enfermo. Tiene que haber otra explicación distinta o complementaria con las anteriores y esa explicación, como suele ocurrir, es la más sencilla, la más inmediata.

A mi juicio, existe un fenómeno al que no se ha dado la suficiente importancia: la mamandurria. En efecto, los partidos «serios», en su astucia o en su codicia, han creado una vasta (y basta) red de paniaguados, asesores, parientes, amiguetes, etc. que por su extensión y por su fuerza casi constituyen ya una auténtica clase social dispuesta a defender con uñas y dientes su estatus, que viene a confundirse bastante con el estatus de nuestros abundantísimos políticos profesionales; que nadie los toque es lo que viene a llamarse una línea roja. De ahí la defensa cerrada de tanto organismo inútil, de la defensa a ultranza del reparto de puestos. Y se preferirá recortar en Sanidad y Educación antes que en rozar siquiera a la sagrada mamandurria.

He aquí la razón por la que los partidos «serios» siguen aferrados al poder o a una potente presencia en las Cortes, por una razón tan clara y evidente que todavía hay gente que no la ve: los mamandurriados y chorizos superan ya en número a los indignados y decentes. Las cuentas son muy claras.

Así las cosas, puede que se hiele la sonrisa en los labios de los que albergamos alguna esperanza, frente a los que hacen semejante alarde de morro.

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