ADIOS CATALUÑA, ADIOS

Bueno, ya tenemos a Cataluña con un pie dentro y otro fuera de España. La política del presidente Tancredo Rajoy dio sus frutos, aunque pienso que no es suyo todo el mérito, pues la separación de Cataluña hace tiempo que se viene gestando entre la indiferencia de unos y el entusiasmo de otros.

Hay detalles cotidianos, aparentemente triviales, que jalonan de forma decidida este camino hacia la secesión. A mi juicio, uno de los más importantes es aquél que implantó la sanción con multa a los locales que rotularan su razón comercial en español. Que esto se pudiera hacer y la falta de respuesta legal a esta acción marca sin duda el principio del fin. De otras lenguas no se decía nada, pero del español, la lengua cooficial, sí, el español era castigado. Es mucha la hostilidad que revela una medida como esta. La extremada inquina a la lengua española quizá sea señal de rencores y resentimientos más específicos y mucho más profundos.

Pero, sin duda, lo que mejor manifiesta y define los sentimientos y las razones de los catalanes en este asunto es la frase que pronunció un padre de la patria catalana, el presidente Jordi Pujol, cuando dijo: «Es que a un catalán no se le puede tratar igual que a un señor de Albacete». Aquí está todo dicho y proclamado. Hay superioridades que no se pueden ignorar y que además es necesario proclamar y potenciar sobre todas las cosas. Evidentemente, un país en el que unos ciudadanos deban ponerse por encima de los naturales de Albacete, no es un Estado viable.

En las últimas elecciones los analistas se han apresurado a certificar que el clamoroso barrido de las opciones independentistas no es definitorio, porque los unionistas suponen dos puntillos más de ventaja en votos. Unos días después la ventaja ya sólo era de un punto, y seguramente esa ventaja seguirá bajando, en consonancia con los últimos años, los últimos meses, en que el independentismo no ha hecho más que crecer, arrasando por méritos propios y por el amedrentamiento de los unionistas. Tal vez la cosa se estabilice en un mitad y mitad, pero teniendo que vérselas con un fundamentalismo como el nacionalista parece claro que ya no hay nada que hacer.

Quizá lo más complicado será mantener la unidad para los municipios que opten por seguir en España, salvo para los que sean limítrofes, evidentemente. Porque, claro, de lo que se trata es de proteger los hechos diferenciales.

Pues nada, llegados a este punto lo único que queda es decir adiós lo más amistosamente posible y desear mucha suerte a este nuevo estado y a lo que quede de España que, sin duda, saldrá ganando con librarse de una gente que está con nosotros de tan mala gana.

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