LA SOLUCIÓN ES POSIBLE
Una vez analizada, en la entrega I, una primera aproximación al problema de los políticos en España y su tratamiento inicial, cabe plantear lo que sería la etapa siguiente para aplicar los remedios definitivos a tanto desmán.
‘Transparencia Internacional’, en sus Barómetros Globales de la Corrupción, viene señalando que las entidades percibidas por los ciudadanos como las más corruptas son los partidos políticos, en todo el mundo y sobre todo en España. Este mal de muchos no debe consolarnos demasiado, porque el caso español ocupa un lugar especial entre los países desarrollados por haber superado ya todas las cotas de ruindad y degradación en todo lo tocante a la corrupción de los políticos.
Hay que prescindir entre nosotros de cualquier intervención o influencia ejecutiva de los partidos políticos en la vida pública. Los derechos de libertad de expresión y de asociación no permitirían erradicarlos del todo (suponiendo que no se les pudiera imputar directamente una asociación para delinquir), pero sin duda la Sociedad podría adoptar una serie de medidas de legítima defensa que controlaran a los políticos profesionales desactivando su acción letal.
Medidas cautelares
Así, limitados a meras asociaciones culturales, los partidos políticos podrían organizar campeonatos de poner el cazo, de aplaudir, doblar la bisagra, enjuagues, muestras de adhesión inquebrantable y demás actividades propias de su especialidad, pero también necesitarían algunas medidas complementarias, como por ejemplo ser objeto de órdenes de alejamiento de cualquier lugar en el que se tomen decisiones que afecten a la comunidad o se manejen fondos públicos. Distancia mínima: 1 kilómetro. Buscando siempre la mayor benevolencia posible hacia estos sujetos, los ex afiliados o los meros simpatizantes podrían ver reducidas esas distancias hasta los 200 metros.
Lógicamente, la Guardia Civil y demás fuerzas policiales tendrían que someter a una vigilancia muy estrecha a las organizaciones juveniles de los partidos políticos, no sólo porque siempre es mejor controlar a la bestia cuando es pequeña, sino también por lo que pueda haber de corrupción de menores en estos cubiles de crianza y engorde de alevines de político, lugares en donde se instruye a los chicos en las técnicas del mamoneo y el choriceo, en el culto a la personalidad y a la incompetencia, y en la adoración a San Convoluto.
Cabe la posibilidad de que ya sea tarde con estas medidas para enderezar la degradación galopante en que está inmerso este país, en cuyo caso sería necesario recurrir además a ciertas medidas de cirugía social, como puede ser deportar a alguna remota república centroasiática a no menos de un 99 por ciento de los políticos profesionales y sus apegados, y no menos de un tercio de la Judicatura (la de la toga hecha unos zorros por el polvo del camino) y entre medias, en diversos porcentajes, a los banqueros insaciables, a los mamporreros y paniaguados de plantilla, a los sindicateros liberados, a los promotores y constructores asilvestrados, a los ejecutivos blindados, etc.
A partir de estas sencillas medidas profilácticas, seguramente se podría empezar a respirar en España con la mínima tranquilidad propia de un país civilizado. Entonces estaríamos en condiciones de trabajar en las soluciones definitivas.
Seguramente, la principal causa de la resignación ovina con que seguimos tolerando a la casta parasitaria de los políticos es la creencia de que no se puede prescindir de ellos porque forman parte esencial del sistema representativo, resultando así un mal necesario. Pero lo cierto es que ya no es así. Ya no. Sólo permanece lo de “mal”, pero lo de “necesario”, para nada. Y es que no se puede seguir ignorando el ritmo y trascendencia crecientes en nuestro mundo del desarrollo de la ciencia y la técnica. Pues bien, entre los inventos que están transformando nuestra vida hay uno llamado Internet que sin duda va a cambiar a la Humanidad más de lo que en su tiempo lo hizo la imprenta.
Contra la resignación
La necesidad del representante debía su principal justificación a un problema logístico: más allá del concejo abierto, y tanto más con el incremento demográfico y la complejidad creciente de las sociedades, era imposible consultar a cada ciudadano individualmente. Unos pocos tienen que representar a otros muchos, etc. Pues bien, esa necesidad ha desaparecido, ahora sí que se puede preguntar a cada ciudadano, uno a uno, y todas y cada una de las personas podrían votar cada ley incluso en tiempo real. Con ese cacharrito llamado ordenador y que es casi tan corriente en los hogares como cualquier electrodoméstico, el proceso sería muy sencillo y para las personas que no dispongan de este instrumento quedarían los colegios electorales, transformados en algo muy parecido a un cibercafé, etc., etc.
Este cambio es mucho más fácil de lo que resultó en su momento el fin del Antiguo Régimen para dar paso al sufragio universal y a la democracia tal y como la conocemos hoy. Y desde luego resultaría mucho menos traumático, de forma que, en principio, sería deseable que no fuera necesario guillotinar a nadie. Tan agotado como resultó en su momento el Antiguo Régimen, tanto o más agotada está ahora esta Democracia formal que sólo sirve de refugio para pícaros y arribistas, y de estafa permanente, moral y económica, al llamado Pueblo Soberano.
Lo dijo muy certeramente un lider del 15M: el siglo pasado no cabíamos todos en el Parlamento, pero ahora sí.
Porque hay que preguntarse ¿qué sentido tiene que sigamos designando para organizar nuestras vidas y regir nuestros destinos, precisamente, a los más incompetentes y los menos honrados? Es hora de eliminar de nuestra existencia este instinto atávico masoquista, y la tecnología nos brinda ya la forma de hacerlo limpiamente, eliminando a esos intermediarios que son los políticos y que ya no nos hacen ninguna falta.
Nos encontramos ante un cambio de etapa, de era, y sospecho que una transformación en esta dirección no va a gozar del impulso de los poderes públicos, pero, ya se sabe, o lo hacemos los ciudadanos de a pie o no se hará nada y seguiremos caminando hacia el desastre.
Weber, Duverger, Sartori, Bobbio y tantas otras grandes mentes de la Ciencia Política podrán seguir iluminándonos con sus teorías sobre la Democracia, en exposiciones de enorme interés académico. Pero su interés práctico ya es algo menor y en España resulta absolutamente nulo, porque el problema de la representación política ha quedado entre nosotros completamente rebasado por unos representantes cuyo valor oscila entre lo simplemente inútil y lo directamente delictivo. Seguramente, no es ajeno a esta situación nuestro pasado próximo, con una guerra civil y la posterior dictadura que nos dejó sin “escuela” de Democracia y sin unos hábitos razonablemente aptos para la vida civilizada en comunidad. Pero así están las cosas, y sólo nos queda actuar por cómo son y abandonar toda esperanza sobre cómo deberían ser.
Y no se trata únicamente de un lógico afán de eficiencia o justicia; tampoco es sólo un problema de agotamiento del modelo: estamos hablando de defensa propia, del más puro y elemental instinto de conservación.
En suma, la tecnología ya nos permite votar directamente, sin intermediarios. Los políticos, esa casta especial de parásitos depredadores, ya no es necesaria. La cuestión está meridianamente clara y lo que no tiene ningún sentido es seguir otorgando a esa piara de rufianes tanto poder sobre nuestras vidas. Continuar igual es una costumbre absolutamente suicida y, lo que es peor, sencillamente ridícula.
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