LOS POLÍTICOS (I)

UNA PLAGA CONTROLABLE

Para las nuevas generaciones, que no los conocieron o los han olvidado, me permitiré hacer un pequeño recordatorio de unos personajes que en otro tiempo tuvieron cierta relevancia en la vida cotidiana española. Me refiero a los charlatanes, especímenes que aparecían por ferias y verbenas, vendiendo pócimas o artículos absolutamente prodigiosos por un módico precio. Especialmente celebradas eran las plumas estilográficas, recién llegadas de América y que apenas llegábamos a casa, después de la fabulosa compra, habían arruinado nuestra chaqueta o nuestra camisa favoritas en una incontenible riada de tinta producida por el susodicho artefacto. Próximos a los charlatanes, estaban los trileros que, con una pasmosa habilidad de sus manos, nos hacían picar siempre en el hallazgo de la bolita que se ocultaba bajo uno de los tres cubiletes o el as de entre tres naipes. Parecía muy fácil, pero no había nada que hacer. Ambos personajes tenían una cualidad en común, que era su extraordinaria locuacidad y persuasiva oratoria. Era el auténtico y genuino verbo fácil y fluido, capaz de convencernos de cualquier cosa.

Pues bien, según fue progresando algo nuestro nivel cultural y económico, estos personajes fueron desapareciendo… aparentemente. Los productos milagro ahora nos los venden en la radio y la tele y lo de la bolita ha sido sustituido por otros juegos de azar. Pero los charlatanes y trileros sencillamente se transformaron, cambiaron sobre todo su escenario y se convirtieron, ¡ale hop!, en los actuales políticos. Descubrieron que podían seguir en su actividad, pero con incontables ventajas: no necesitaban la brillante oratoria, ni la portentosa habilidad de sus antecesores, (de hecho, ahora no tienen ninguna habilidad conocida) y, sobre todo, ¡podían ejercer sin ningún riesgo! Llegaron los políticos y llegaron para quedarse.

Sirva esta pequeña introducción como semblanza histórica de los políticos, al menos de nuestros políticos. Visto su origen, detengámonos un momento en sus diferentes tipos. Entre los políticos se distinguen claramente tres grupos: los que son unos inútiles, los que son unos ladrones y los que son las dos cosas a la vez. Puestos a afinar, podríamos señalar un cuarto grupo, pero que se da en unas proporciones tan insignificantes que apenas son detectables. Se trata de un espécimen de político que es culto, esforzado, trabajador, honrado, competente y hasta con sentido del humor. Pero este tipo de político para su grupo es precisamente el ninguneado, el puteado, el ignorado, el mal visto y, si todo eso falla, el que se muere prematuramente.

Un político se organiza en un gang, al que llama partido político, y en él comete toda suerte de fechorías con el poder y la impunidad que le ha dado el pueblo soberano al elegirle. Y da exactamente igual que el político cometa barbaridades, le chulee con saña o le robe a destajo, el votante estará siempre ahí solícito cual borreguillo, para volver a votar al gang que toque cuantas veces sea requerido para ello.

Y pedimos excusas, pues es muy cierto que hablar de políticos es como hablar de putas y maleantes, si bien ya sabemos que el discurso de las putas y los maleantes es mucho más útil, más interesante y más honrado que el de nuestra clase política.

Los políticos como plaga

Otra característica de nuestros políticos es su extraordinaria abundancia, lo que unido al número ingente de sus apegados y paniaguados, produce una cantidad totalmente abrumadora de estos parásitos. Ello, unido a su naturaleza molesta, cuando no letal, les confiere el carácter de una auténtica plaga. Y, al igual que nos ocurre con las moscas, no llegamos a comprender muy bien por qué tienen que existir y por qué tiene que haber tantos.

Con la actual conciencia ecológica, no ignoramos que debemos tener mucho cuidado con estos malos pensamientos sobre cualquier clase de bichito, pero no podremos negar que en una tarde de verano todos hemos pensado alguna vez que viviríamos mucho mejor sin moscas, mosquitos, políticos, ratas o cucarachas.

Es lo cierto que, al menos desde el siglo XVI, casi todos nuestros dirigentes han sido unos imbéciles, unos canallas, unos ladrones o una mezcla de estos especímenes, cosa tanto más cierta cuanto más alto era su rango. Y se diría que esta es una constante que ha venido acentuándose en las últimas décadas.

Sin embargo, es preciso reconocer que la política brinda un magnífico sistema de drenaje social para todas esas personas que no son excesivamente entusiastas del trabajo y que por su actitud y aptitud no destacan en su capacidad o inclinación a ningún tipo de actividad útil conocida. Sabemos que cuando estas personas son ricas van a parar a un consejo de administración, y cuando son pobres suelen dar con sus huesos en la cárcel. Pero sucede que ya no hay bastantes consejos de administración y que no se dispone de tantas cárceles. Y entonces, providencialmente, surge la actividad política como lugar de colocación de todas estas personas que de otra forma quedarían desubicadas y perdidas en un mundo más elemental.

Es un hecho conocido que la principal misión del político consiste en no solucionar ninguno de los problemas que aquejan a la población y, a cambio, crear problemas donde nunca los hubo. Generalmente, se emplean en ello con extraordinaria dedicación aunque es lo cierto que para eso no hace falta que haya tantos. De hecho, manteniendo la actual mascarada de elecciones y parlamentos, se podría reducir su número drásticamente otorgando a un representante por partido el peso relativo de sus votos, con lo cual votaría en su momento y con sus efectos lo que hiciera falta y se cumpliría así perfectamente con los requisitos de las elecciones, votaciones y demás trámites de la democracia formal.

Con un piso basta

Ciertamente, para esto bastaría como sede con un piso que albergara a uno o dos diputados, dos secretarias y un tipo que supiera hacer la O con un canuto para las cosas más complicadas, todo eso por partido. Y asunto resuelto para nuestra oronda representación popular, sin aditamentos inútiles de ninguna especie. ¿Y qué hacemos con el templo de la Democracia, el Parlamento?

Como siempre hay partidarios de los ritos y las parafernalias, se podría alquilar un cine y organizar una reunión al año donde los Padres de la Patria pudieran largar a su gusto, echando discursos como si interesaran a alguien o como si representaran a algo, aparte de a sus propios coleguis. Pasado este trámite de intentar figurar un poco, se les mandaría para casa, procurando que por el camino no siguieran dando el peñazo.

Esta fórmula tendría además la enorme ventaja de poder prescindir de los suntuosos inmuebles de los Parlamentos y el Senado, dedicándolos a fines más útiles y con el consiguiente gran ahorro. Así, estos edificios podrían venderse o alquilarse para centros comerciales, para prostíbulos (uso muy acorde al actual), para oficinas, spas, o el hemiciclo para salas de cine tipo imax, etc. Ahorro tan coherente con la actual situación de estas instituciones como necesario en esta época de recortes, porque resulta evidente que es en estas cuestiones desfasadas y superfluas donde se debe meter la tijera con menos contemplaciones.

Reducida la presencia política a unas dimensiones más acordes a su valor y necesidad, a nuestros fatuos ‘representantes’ se les podría incluso enviar el sueldo a casa, a condición, eso sí, de no verles para nada el careto e impedirles que nos sigan castigando con sus frases hechas del tipo “y-tu-más” y otras estúpidas muletillas tan de su gusto.

Con cosas como éstas creemos que se avanzaría de forma decisiva en la normalización e higienización de nuestra vida pública.

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